...Había una vez, en un país sin nombre, un príncipe mal informado, una reina muy vanidosa y un viejo y atormentado criado.
Vivían en un hermoso palacio, herencia de sus antepasados, que escondía mil secretos entre sus puertas.
Por supuesto, ellos no lo sabían. Se paseaban por él como si lo conocieran, pero no conocían ni uno sólo de sus secretos.
Bueno, alguien sí lo conocía. Aunque él no lo sabía, pues creía fielmente en las palabras de su madre, que no podían estar más equivocadas. Era el príncipe Rodrigo.
Su engreída madre le contaba de pequeño cuentos para asustarlo y que no se acercara a las habitaciones secretas del palacio, de las cuales ni siquiera ella sabía de su existencia. Pero sus antepasados se lo habían advertido a ella de pequeña, y así continuaría.
Rodrigo, unos años después, mientras perseguía a un conejo, se encontró con un pasadizo. Por supuesto, entró. No tardó en llegar a una cámara. Lo que él no sabía era que estaba dentro del palacio.
Allí había que uno jamás pueda soñar: oro, rubíes, esmeraldas, diamantes, zafiros... también joyas, monedas, estatuas... pero él no buscaba eso. ¡¡Él buscaba al conejo!! "¡Ya lo admiraré más tarde!", se dijo. Siguió el pasadizo, y llegó a una habitación vacía. ¡Allí estaba el conejo! Se acercó hacia él y lo agarró rápidamente. "Madre estará contenta", pensó.
Entonces, miró a su alrededor. Se hallaba en una habitación vacía, pero con dibujos en las paredes. No parecían tener sentido. Cuando se acercó más, descubrió que... ¡¡¡eran palabras!!!
Palabras, escritas en todas las lenguas que él conocía, y en muchas más, pero tantas palabras como para llenar enciclopedias. Según se fue acercando, descubrió que cada letra de cada palabra, ¡¡¡estaba compuesta por más palabras!!!
Las palabras y letras que había allí eran infinitas. El chico se quedó emocionado, con lo que le gustaba leer...
"¡Tengo que enselárselo a madre!", fue lo primero que pensó. Pero luego recordó a su madre, que siempre le quitaba los libros de las manos, y no le gustaba leer. Además, se enfadaría porque no le llevara aquellas riquezas que había encontrado antes. No, era mejor no decírselo a madre.
Así pasó el tiempo, y él acudía todos las semanas a su habitación, pero siempre sin que su madre lo descubriera. Cada semana leía una palabra, y la buscaba en todos los idiomas posibles que él conociera.
El príncipe reinó sabiamente, ya que no paraba de leer e informarse. Se casó con una bella joven, Diana, que también adoraba la lectura. Por ello, no tardó en informarle de la habitación. No tuvieron hijos, pero su reinado quedará para siempre en nuestros corazones.
Y, además, creo yo, me ha parecido ver sus nombres en la pared de la habitación...
Así es como se creó nuestra habitación. Sólo se muestra a los que ansían conocer, ya que los demás se quedan con el oro y nunca siguen más allá.
Yo quiero dejar mi huella en la habitación, ¿y vosotros?
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